Era una oficina pública como cualquier otra. Personas caminando por todas partes; gente esperando su turno para entregar formularios de todos los colores y tamaños; el calor y el aire pesado; ese sentimiento generalizado de que no se obtendrá lo que viene a solicitarse; gente mirando de un lado a otro la sala o con los ojos hundidos en el suelo, sólo para evitar el contacto visual; guardias con ametralladoras en todas las puertas; el olor a café quemado incrustado a los escritorios; y así por el estilo. Dos hombres más y sería el turno de 3.K.73. Buscó en las paredes un reloj y encontró uno que le indicaba que eran las tres menos cuarto; la oficina trabaja hasta las tres y treinta, suspendiendo incluso las entrevistas en curso.
Diez minutos pasaron y finalmente 3.K.73 estaba frente a un trabajador social, un hombre de unos treinta años de edad, que bajo unos gigantescos anteojos rectangulares mostraba una escrutadora mirada. Sobre el escritorio había una unidad de disco externa con un pequeño orificio triangular en el centro, algunos papeles y bolígrafos, y un escáner de ojos. Justo frente al funcionario había un espacio de mesa vacío, donde éste proyectaría el teclado virtual si fuese necesario. El trabajador social conectó un cable en el orificio de la unidad y en silencio leyó la información que aparecía en sus anteojos. Pasado un minuto dijo:
- Buen día, señor…
- Tres Ka Setenta y Tres, señor. Pero la gente usualmente me llama setenta y tres.
De una de las gavetas del escritorio, el hombre tomó un escáner de manos, y con su otra mano –la derecha- agarró a 3.K.73. Pasó el escáner por la mano derecha de este último y dijo:
- ¿Sabe que es un falta menor acortar, extender o de alguna manera alterar el nombre de un ser humano, señor Tres Ka Setenta y Tres? Penalizado con una pequeña multa. ¿Lo sabía?
- No, señor. No puedo decir que lo supiera.
- Bueno, ahora lo sabe, señor Tres Ka Setenta y Tres. La multa ha sido cargada a su cuenta.
- Pero… no soy yo quien me llama así, señor.
- Sería imposible encontrar a todos los que lo hacen, señor Tres Ka Setenta y Tres. Cobrándole a usted esta multa aprenderá a pedirle a la gente que no cambie su nombre. No responderá a otro nombre mas que el suyo. Bien, ¿está familiarizado con el proceso, señor?
- Sí. Lo estoy. He leído toda clase de libros al respecto.
- ¿Ha aplicado anteriormente, señor Tres Ka Setenta y Tres?
- No, señor. No lo había hecho antes.
El entrevistador miró a 3.K.73 por unos diez segundos, soltó un bostezo y le pidió que mirara dentro del escáner de ojos. El solicitante se acercó al escáner lentamente.
- Manténgase quieto un momento por favor, señor Tres Ka Setenta y Tres –ordenó el hombre, y luego de cinco segundos siguió:- Gracias, señor Tres Ka Setenta y Tres. Eso será todo.
- ¿Eso es todo?
- Lamentablemente para usted lo es, señor.
- Pero… ¿por qué? –quiso saber.
- Bien, señor Tres Ka Setenta y Tres; usted nos ha mentido cuando dijo que no había aplicado en el pasado. Eso lo pone inmediatamente en la lista de prohibición temporal. La prohibición temporal dura cinco años. Puede enviar una petición por correo electrónico dentro de los siguientes seis meses, explicando su caso y solicitando se le excluya de la lista; en cuyo caso, si es procedente, le permitiría aplicar nuevamente dentro de dos años.
- ¿Dos años? Pero… -dijo el solicitante claramente desesperado, pero el funcionario público le interrumpió:
- Le sugiero que no vuelva a mentir cuando venga de nuevo dentro de dos años, señor Tres Ka Setenta y Tres. Una hipotética futura prohibición sería definitiva.
- Pero… ¿dos años? ¡Tengo treinta y siete años! Tendré cuarenta años para cuando pueda volver a aplicar, y entonces la solicitud me será rechazada por la edad. ¡Por favor, señor! ¿Podría ayudarme? –rogó el aplicante-. Sólo quiero una vasovasectomía. Sólo quiero tener un hijo. ¡Eso es todo! Me haría una nueva vasectomía después.
El hombre tomó nuevamente la mano de 3.K.73 y pasó el escáner una vez más.
- Señor, está bajo arresto por intento de desobedecer una orden federal y/o pedir a un servidor público que lo haga. El castigo por tal crimen son tres noches en prisión. Este hecho se está anexando a su registro en este mismo instante –dijo el entrevistador. Guardó silencio un par de segundos, volteó hacia uno de los guardias y gritó:- ¡Guardia!
- Sí, señor –respondió el guardia acercándose al escritorio.
- Este hombre está bajo arresto por las próximas tres noches. Por favor, escóltelo.
- Sí, señor. Inmediatamente, señor.
- Pero… pero… -balbuceó 3.K.73 llorando-. Sólo quiero tener un hijo… eso es todo.
La prisión, en ese momento, consistía en animación suspendida inducida por una inyección y controlada por electrodos, cables y toda clase de máquinas conectadas a un computador central. El sujeto no sería capaz de moverse físicamente mientras durase el confinamiento, y sería transportado a una serie de paisajes virtuales destinados a activar las ondas alfa del cerebro, pacificándole. La increíble y suficientemente demostrada eficiencia del sistema –estadísticamente, noventa y nueve punto seis por ciento de los convictos no sería arrestado nuevamente en el futuro-, era con frecuencia relacionada a una teoría conspirativa acerca del control mental inducido por el gobierno durante la condena; pero –como cualquier otra teoría conspirativa- esto no había sido demostrado, y su sola divulgación constituía un delito.
Desde hace años 3.K.73 quería tener un hijo; por ello, ya estaba acostumbrado a las tribulaciones inherentes a su poco común necesidad: lidiar con la falta de entendimiento de la gente; encontrar una pareja que compartiera sus deseos reproductivos; frustración constante; obsesión por las estadísticas poblacionales; los procedimientos del Ministerio para el Sostenimiento de la Vida y Asuntos Genéticos; asistencia legal y psicológica; estrés; y demás. La condena, sin embargo, fue una experiencia totalmente nueva para él; y a pesar de no haber sufrido en ninguna forma mientras estuvo en prisión, estaba determinado a nunca más violar la ley. «Ser un buen ciudadano es lo único que me interesa ahora», dijo a Saturno.20.A –su esposa-, tan pronto como regresó a casa. La mujer le sonrió, tomó su mano y se disponía a guiar el camino hacia la habitación, diciendo «Vamos, amor. Te quiero dentro de mí esta noche…», pero 3.K.73 no se movió. La mujer lo miró a los ojos y dijo:
- Vamos, cielo. Quieres tener sexo ¿no? –su esposo no contestó-. Setenta y tres, amor, ¿estás bien? –dijo, viendo en los ojos de su esposo una mirada perdida y extraña-. Tres Ka, comienzas a preocuparme, amor…
- Sí… -dijo finalmente el esposo-. Sí. Mi nombre es Tres Ka Setenta y Tres.
- Eso ya lo sé, amor –dijo Saturno.20.A riendo.
- No. Quiero decir… no es amor, o cielo; sententa y tres, o tres ka. Es Tres Ka Setenta y Tres.
Al escuchar las últimas palabras de su esposo, Saturno.20.A quedó petrificada. Se quedaron ambos ahí en silencio, de pié en la sala, sin hacer nada excepto mirarse a los ojos mutuamente durante algún tiempo hasta que la mujer, soltando la mano de su esposo, se dejó caer en el piso y rompió a llorar. 3.K.73 se arrodilló frente a su esposa, la rodeó con sus brazos y le susurró «lo siento…».
© Dannarwill (Daniel Almenar Williams). Reservados todos los derechos.
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